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Otro Septiembre Ѣ€“ 4

Santiago Niño Becerra - Martes, 25 de Agosto

Muchas/os piensan, seguramente -probablemente- porque están convencidas/os de que es así, que utilizando las mismas herramientas que han precipitado al sistema a su actual estado es factible retornarlo al momento anterior al inicio del desastre, y no, no porque el agotamiento al que el sistema ha llegado es fruto de su evolución y tal evolución ha sido participada por las herramientas que han contribuido a agotarlo, por lo que difícilmente dichas herramientas podrán retornar nada a un momento anterior a que comenzasen a actuar. Pero hay más.

ilustraciónLos procesos y utensilios que han contribuido al agotamiento del sistema fueron puestos en marcha por necesidad: si no se hubiese permitido (concedido) un endeudamiento creciente a la población, si no se hubiese permitido (practicado) un desperdicio creciente de recursos, si no se hubiese llevado a cabo (incentivado) una dinámica de consumo desmesurado (desmedido), el crecimiento económico se hubiese detenido (no se hubiese producido), lo que no era asumible en el momento en el que el sistema se encontraba (nunca es asumible algo así cuando se cree -no cuando se piensa- que lo contrario es posible). El objetivo era aumentar el PIB, como fuese, del modo que fuese, y se consiguió.

Lo que sucede es que se olvidó (o no, pero se entró en un bucle inevitable) la regla más antigua que rige la Economía: que el precio (o el coste: a esos niveles se confunden) de lo que sea que se haya hecho, alguien, alguna vez, en algún lugar y de alguna manera, acaba pagándolo, y el precio del crecimiento que el planeta ha tenido en los últimos quince años (un crecimiento negativo también es crecimiento) es el agotamiento del modo de funcionamiento del sistema: del modo que ha propiciado, posibilitado, ese maravilloso crecimiento.

Es decir, ni es posible volver al momento anterior, ni es posible arreglar nada con las medidas que han contribuido al derrumbe del modelo que hemos estado utilizando; en otras palabras, ni es posible retornar a la adolescencia, ni es factible curar con bebidas espirituosas el problema de estómago causado por el abuso de unas bebidas espirituosas que se bebieron para sentirse feliz y animado cuando se era adolescente (o no tanto). La población tiene que continuar creyendo que sí, que el milagro es posible porque, de momento, conveniente es que lo crea; porque, de momento, la población tiene que continuar con sus rutinas; y de momento la gente lo creerá porque desea creer que es posible volver al ayer, porque necesita creerlo.

Ya no volveremos a ser lo que fuimos ni a usar lo que usamos; faltan meses para la completa consciencia de ambos hechos, pero ya se están vislumbrando cambios, fisuras en un mensaje hasta hace poco monolítico: expertos que hace escasas semanas pronunciaban unas palabras ahora dicen otras (a veces las contrarias), Gobiernos que argumentaban manifestaciones con una certeza cierta ahora diluyen sus razonamientos y se refieren a plazos más largo (e indefinidos), instituciones que razonaban de un modo ahora han modificado su enfoque. De momento todo es muy sutil, todo es muy flotante, pero, también muy diferente. El resultado es el enquistamiento de la incertidumbre.

LA solución no puede estar en lo viejo: está en lo nuevo, en un nuevo modo de funcionamiento, en un nuevo modelo económico y social, pero con él ya nada será como antes porque nada puede ser ya como antes: aquella playa virgen y desierta hace tiempo que sólo pervive en nuestro recuerdo. Y las cosas nuevas siempre son difíciles, sobre todo si suponen vivir peor.

Aunque, en el fondo, todo es cuestión de imaginación: un automóvil no deja de adquirirse por falta de financiación, sino por ecologismo; la vida de un abrigo no se prolonga seis años por falta de renta, sino por eficiencia; el viaje a las Maldivas no deja de hacerse por inaccesibilidad al crédito o por disminución de la renta, sino porque en el pueblo de los suegros se conserva el tipismo de lo auténtico; las dos botellitas de Mumm de cada fin de semana, la corbata de Hermes, no dejan de beberse, no deja de comprarse porque la tarjeta haya sido anulada hace meses, sino porque la cerveza con gaseosa es más sana y un polo de cuello alto de mercadillo más llevadero.

En LA solución, con LA solución, objetivamente se vivirá peor (con relación a lo que nos habían dicho que era lo conveniente: en el último boom -suena a título de film taquillero, ¿no?: “The Last Boom”- el broker que no tenía un apartamento en Chelsea o en Kensington o en Merylebone por el que había pagado, al menos, un millón de pounds no era nadie: tenerlo era lo conveniente), pero la gente no lo vivirá mal porque se construirá un modelo personal-social en el que todo sea adaptable. ¡Que remedio!: si las revoluciones ya no están de moda algo habrá que hacer para llegar a mañana, ¿no?.

(De nuevo: podría haber eliminado los paréntesis: es parte del texto. Se está diciendo que algunas economías están empezando a recuperarse, y lo están haciendo, se dice, debido a que exportan. Bien. Esa pretendida recuperación va a ser temporal y va a durar lo que dure el impulso de las ayudas e inyecciones: nada crearán porque nada se crea en las crisis sistémicas, pero, además, lo que sucede es que si alguien exporta es porque alguien importa, y si hoy un país exporta, algo tendrá en ello que ver los fondos inyectados y algo tendrán que ver los fondos inyectados por los Gobiernos de los países que importen en las economías importadoras. (Ya, ya: la financiación: alguien tiene que comprar / tendrá que comprar toda la deuda generada, pero eso es otra historia).

En ese esquema, temporal, transitorio, España no participa, ¿por qué?, pues por su modelo productivo, esa cosa de la que cada vez se habla menos porque, supongo, quienes aventaban el tema han visto lo que el tema supone. Resumamos.

España tiene una demanda exterior débil porque no es competitiva debido a que su productividad es baja ya que su nivel de inversión (pública y privada) es reducido y su dintel de cualificación no es el adecuado ... ya que produce bienes y servicios de bajo valor añadido; y, a la vez, España tiene una demanda interior -consumo- tanto para inversión como para cachivaches que es función de la tasa de ocupación de su población activa y del volumen de crédito que se conceda a esa población. Junten todo, sumen, resten y simplifiquen.

España lo tiene mal, muy mal, francamente mal, no ya para unirse a esa recuperación temporal, sino pensando en mañana. A España le cayó del Cielo un Maná que se utilizó como se utilizó, eso ya no importa, pero que se acabó, y España tiene lo que tiene: lo que tenía, y poco más; bueno, no, bastante más: ocho millones de habitantes más que contribuyeron a recoger ese Maná que ya no cae y bastantes ciudadanas y ciudadanos que nacieron al calor de ese mismo Maná).

Santiago Niño Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.

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